Las mierdas que no avanzan.

A Ángel le encanta observa a Marta en silencio, cuando ella no se da cuenta que le esta mirando, pienso, sí, en tercera persona, porque así soy yo y me despierto muy narcisista. Me encanta observarla, es algo que me fascina, tiene tanto misterio y poder, es tan magnetica, tan sublime su belleza y su poesía visual. No me estoy pasando, ella es así, tiene ese poder. El café esta muy caliente y quema, recién hecho, pero me gusta así, para poder tenerlo entre mis manos, calentito, recién levantados de la cama, mientras observo como se seca el pelo con una mano y con la otra mira el móvil. Las redes sociales nos están comiendo la cabeza. El otro día vi un tweet con tantísimas cosas que no existian hace 10 años y con las cuales ahora perdemos tanto tiempo. En vez de amarnos, viajar, leer, cocinar y ver buen cine, perdemos y perdemos el tiempo con cosas que, realmente, no nos sirven o ayudan para mucho. Deja el móvil para coger el secador con las dos manos, porque su super secador impulsado por millones de watios pesa demasiado y el multitasking le sobrepasa a esas horas de la mañana. Demasiado pronto para tanto esfuerzo. Me gusta madrugar mucho y tomar café recién hecho, el mundo todavía no se ha despertado y el día es muy largo, eso me gusta, hay tiempo para mí, para ti y para el vecino, y así, todos podríamos conquistar el mundo. Yo lo único que quiero es conquistar y reconquistar su corazón, su mente y su todo. Porque la miro y dios, me encanta. En un instante, su mirada pasa del espejo hacia mí y los dos sonreimos a la vez. En diez minutos se va a ir a trabajar, para no volver en doce o catorce horas, cada día trabaja más y cada día la veo menos. Ya no se ni cuantas horas se pasa en aquel zulo hormigonado. En realidad es una superficie gigante de hormigon, lleno de diseño y luz, pero hay que dramatizar el cautiverio, sino todo parecería más bonito de lo que realmente es y no tendría sentido quejarse sobre un trabajo que se esta convirtiendo en su día a día, su vida, y no un trabajo que paga lo que realmente queremos vivir. La típica dicotomía entre trabajar para vivir o vivir para trabajar. Como cuando uno se queda en casa ‘escribiendo’ no debería sentir eso, pues tampoco me puedo quejar mucho. Aquí la presión es personal y la las paredes se mueven más de lo que parece y el piso se hace más pequeño de lo que queremos algunas veces, pero bueno, yo no me puedo quejar, ¿no? A Ángel le encantaría madrugar, desayunar con Marta, escribir seguido seis horas, tomar el vermut, comer con Marta y hacer cosas por la tarde, satisfecho de haber completado una gran jornada de escritura, avanzando y completando metas. Por desgracia, la tercera persona se parece más a un sueño que a una realidad, y las horas pasan más pesadas que su zulo hormigonado y me averguenzan más de lo que parece. Porque joder, esta mierda no avanza. […]

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