El túnel.

Miro a mi alrededor y todo es oscuridad, hace frio y tengo una sensación horrible que me recorre todo el cuerpo. Siento como si todo el mundo pululase a mi alrededor, me mirase en la oscuridad y estuviese a punto de golpearme brutalmente. Es una sensación de agobio y agonía permanente, como una intensa ansiedad que nunca para. En realidad camino sola en la más oscura y solitaria oscuridad, en un camino que creo conocer pero que no conozco para nada. Intento abrigarme pero nada me quita el frio. Noto los pies muy fríos, casi congelados, y es una sensación que odio completamente. De repente me arde la cara, como si alguien me hubiese cruzado la cara sin avisar, y ahora al reaccionar con el frio me arde sin parar. Rozo suavemente mi cara, la noto roja y acalorada. Sigo caminando de manera autónoma, algo me dice que no puedo parar, que lo único que puedo hacer es seguir, seguir como hasta ahora, como antes y como se supone que debería hacer después.

La oscuridad es cada vez más intensa, y pienso si acaso es eso posible. La oscuridad es oscura de por sí, ni más ni menos. A cada paso me siento más y más pequeña, más y más pesada, cada vez más empujada hacía abajo, cada paso más escachada. Noto que otra persona me vuelve a cruzar la cara, esta vez en la otra mejilla, y ahora me arde brutalmente la cara. Inevitablemente me voy, poco a poco, hundiendo más y más en mi, y aunque intento evitarlo, acabo cayéndome de rodillas al suelo. Nada más caer, noto un intenso y agresivo golpe en mi espalda que me deja sin respiración. Casi hundido, intentando recuperar la respiración y la compostura, cierro los ojos y pienso que solo yo soy, y voy a ser, capaz de levantarme de nuevo y volver a caminar. Aunque camine en la oscuridad, aunque camine casi sin respirar, tengo que caminar. Aunque casi no vea y la gente me persiga, aunque note las presiones de mil yunques encima y durante algunos pasos me falten las fuerzas o el aire, aunque sea imposible ver en este nuevo camino, tengo que caminar. Porque nunca un médico me había sumido en tal miedo y oscuridad, porque nunca un veredicto había supuesto tal castigo que lo único que merezca la pena asumir es que la única solución sea seguir caminando. Joder, duele, esta oscuro de cojones, hace frio y me duele el cuerpo por todos lados.

Me arde la cara, me escuecen las rodillas y siento punzadas en mi pecho. Me arden las venas, como si me hubiesen chutado algo hace muy poco. Noto como algo recorre mis venas y me acuerdo de las escenas de drogadicción de Réquiem por un sueño, cuando la droga entra, consume las venas y dilata las pupilas. Siento como si reviviese de nuevo y pienso que puede ser la adrenalina, la sensación de volver a respirar y caminar, y ser cada segundo más consciente que el médico acaba de pronunciar la palabra cáncer. Joder que oscuro esta todo, menuda consulta, qué túnel. Pero pienso que es mi túnel, y que aunque este frio, oscuro y lleno de golpes y ansiedades, es mi camino, y yo, solamente yo, voy a ser capaz de salir de él y ver la luz.

Me despido del médico y medio temblando me levanto de la silla, le doy las gracias por su sinceridad, y tras recorrer rápidamente los asustados rostros de mi padre y mi novio, salgo a este nuevo, y tan poco reconocible, nuevo mundo que me espera. Hola cáncer, puto túnel, puto frio, puta oscuridad, puta ansiedad. Hola vida.

Relato escrito y presentado en el concurso sobre el Cancer de Mama de la AECC, HULA y Suministros La Ronda. 19 de enero 2018. Info.

 

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