Los Fauves, la pasión por el color.

Cada generación artística ve de un modo distinto la producción de la generación anterior. Los cuadros de los impresionistas, hechos con colores puros, han puesto de manifiesto ante la generación posterior que estos colores, aunque pueden servir para describir las cosas y los colores de la naturaleza, ejercen por sí mismos, con independencia de los objetos que les sirven para expresarse, un efecto considerable sobre el sentimiento de quien los contempla. De esta forma, los colores simples puros pueden actuar sobre el sentimiento íntimo con una gran fuerza, ya que son colores simples. Un azul, por ejemplo, acompañado por sus complementarios, actúa sobre el sentimiento como un enérgico golpe de gong. [Henri Matisse, Livcolores]

Henri Matisse, precursor del movimiento denominado fovismo, o también conocido como fauvismo (en francés fauvisme), describía de esta manera lo que para él era el fauvismo, una explosión de color que sobrepasaba las formas y la forma y que expresaba como un enérgico golpe de gong todo aquello que ellos mismos veían y sentían. Porque, al igual que Van Gogh, a quién admiraban y copiaban, el color era cuerpo, era sustancia.

Originado en Francia, entre 1904 y 1908, y caracterizado por un empleo provocativo del color, el fauvismo es considerado determinante para entender las vanguardias del siglo XX. Utilizaban el color brillante de los tonos puros para reflejar una realidad que muchas veces, o la mayoría de las veces, se distanciaba de la misma pero que conseguía remover nuestros sentimientos y las normas preestablecidas. No reflejaban lo que veían sino lo que sentían.

Es la Fundación Mapfre quien, desde el 22 de octubre de este año hasta el 29 de enero del 2017, recoge una muestra de 150 obras procedentes de 80 colecciones privadas y públicas titulada Los Fauves, la pasión por el color. En ella recoge una detallada exposición de todos los representantes del fauvismo, Henri Matisse, André Derain, Maurice de Vlaminck, Albert Marquet, Henri Manguin, Charles Camoin, Jean Puy, Raoul Dufy, Othon Friesz, Georges Braque, Georges Rouault y Kees van Dongen.

La exposición, organizada en cinco bloques cronológicos, esta dividida entre las dos primeras plantas del edificio del Paseo de Recoletos madrileño, en la Sala Fundación MAPFRE Recoletos. Contiene centenares de pinturas, dibujos, acuarelas y una selección de piezas de cerámica.

En una primera sección, el primer piso, se muestra la audacia que reinaba en el taller de Moreau, en donde los fauves comenzaron a constituirse como grupo a finales de la década de 1890. Entre ellos destacaría Matisse, entregado a la experimentación de los colores puros y las expresivas pinceladas de Van Gogh, Cézanne y Gauguin.

La segunda sección, en el segundo piso, esta ocupada, en su mayoría, por los retratos que se hicieron entre ellos los componentes de los fauves, surgidos de la amistad. Cabe destacar a Matisse retratado por Derain y éste, a su vez, retratado por Matisse, ambos realizados en 1905.

“Les fauves”, calificativo del que procede su nombre, fue dado por el crítico de la revista ‘Gil Blas’ Louis Vauxcelles al conjunto de obras presentadas en la 3ª exposición del Salón de Otoño del Gran Palacio de París en el año 1905, en el apogeo del movimiento. Ni fueron un grupo formal ni tenían manifiesto, el fauvismo se formó como una acumulación de individuos que, pasados unos años, siguen caminos diferentes, destacando la importantísima herencia que dejaron a otros movimientos pictóricos como el cubismo o el expresionismo.

Y es inevitable resaltar la valiosa lección que nos transmiten los fauvistas al aplicarle al color una nueva dimensión, la de los sentimientos. Para nosotros, si vemos el color verde lo más seguro es que lo asociemos con la hierba, el amarillo con el sol, el rojo con la sangre o la pasión, el azul con el mar, el agua o el cielo y así un largo etcétera de relaciones que, durante años, hemos creado y se nos han inculcado desde muy pequeños.

Por este motivo, entre otros, es valiosísimo admirar el trabajo que los fauvistas nos dejaron para la posteridad, que nos permite ver un rostro verde o una pared roja o incluso un cielo morado, en donde se imprime el sentimiento del autor en vez de la pura realidad.

Además, no deberíamos entender el fauvismo solamente como un movimiento rompedor que modificó muchas de las reglas establecidas en la pintura, que utilizaba los colores de otra manera y que se expresaban diferente. Debemos entenderlos como un símil educacional y espejo social en el que mirarnos. Elevado al ámbito social, el fauvismo rompe una estructura de educación basada en la copia, en el espejo de la sociedad en vez de ver la educación como un valor de desarrollo emocional, en donde aquello que se ve no es siempre lo que debemos y/o tenemos que reflejar. No todo aquello que reflejamos es todo aquello que sentimos.

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